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La epidemia de la disforia o disconformidad de género

Desde hace meses afloran las noticias y fervientes debates respecto a asuntos relacionados con la transexualidad y la disforia de género. Este hecho nos invita a la reflexión.

En realidad, no se trata de un tema novedoso. Como psicólogas, desde hace varias décadas hemos tenido la experiencia, tanto en nuestra práctica clínica como en el asesoramiento que realizamos a familias, de encontrar una minoría de personas disconformes con su identidad. Esta incongruencia se considera una alteración que viene reflejada en los manuales de diagnóstico clínico como un problema real.


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La disforia de género se define en términos clínicos (DSM-5) como un sentimiento de incongruencia entre el sexo que una persona siente o expresa y aquel con el que nace. Pese a que su prevalencia en la población general es muy baja, (en los adultos nacidos varones, del 0,005 al 0,014%, y en las nacidas mujeres del 0,002 y el 0,003%), se trata de una dificultad que supone un gran malestar y que habitualmente va ligado a un deseo de transformarse en alguien del sexo con el que la persona se siente identificada.


Desde la Fundación, queremos mostrar nuestro mayor respeto y cuidado psicológico a estas personas que no se identifican con su sexo biológico. Hemos atendido a pacientes en esta condición y comprendemos lo difícil que les resulta sentirse una mujer en un cuerpo de hombre o viceversa, y las complicaciones que ello acarrea.

Sin embargo, la inquietud de los últimos tiempos respecto a la disforia de género viene reflejada, no por el debate sobre su existencia o por sus características, sino por el gran aumento en la prevalencia de este trastorno. Hoy en día, numerosos adolescentes (mayoritariamente mujeres) creen sentirse identificados en esta condición y su visibilidad ha hecho que, en términos estadísticos, las peticiones de cambio de sexo en niños y adolescentes hayan aumentado un 4.000% en algunos países. Hemos podido comprobar este hecho también en España, incluso en la práctica de la psicología, donde se ha pasado de atender una decena de casos en los últimos años a visibilizar este crecimiento exponencial.


En este contexto, y siempre con la finalidad de asesorar a las familias que siguen nuestras recomendaciones en la Fundación, nos proponemos arrojar algo de luz sobre este tema que preocupa notablemente a familias y educadores. Nuestro propósito: aportar información objetiva y científica que ayude a dilucidar qué está sucediendo en el plano social que justifique este aumento de casos.


¿A qué se debe este repentino y notable incremento? ¿Están aflorando, gracias a la visibilidad de este colectivo, personas que encuentran la oportunidad de manifestar su disforia de forma socialmente más aceptada? ¿Están apareciendo, por el contrario, falsos positivos que justifican este aumento exponencial de la prevalencia de la disforia en nuestra sociedad? ¿Es una corriente cultural? ¿Se trata simplemente de una moda peligrosa? ¿Se está fomentando involuntariamente desde enfoques educativos que inducen a esta confusión?

¿Qué está pasando? Muchos son los seguidores y detractores de cualquiera de las hipótesis anteriores, hecho que nos anima a analizar los datos que disponemos desde el punto de vista de la psicología.



Algunos datos que nos animan a ser prudentes

Existen algunas ideas fundamentales que nos invitan a mantener una actitud prudente como familias y educadores respecto a este aumento exponencial de casos de disforia.

En primer lugar, y después de que algunos países pioneros en legislación transgénero lleven realizando durante años cambios de sexo en niños y adolescentes, se ha comprobado que existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que, una vez iniciadas las intervenciones hormonales o quirúrgicas, han puesto de manifiesto su deseo de paralizar o invertir el proceso de cambio.

Recordando que el proceso es irreversible y conlleva secuelas físicas importantes, cabe plantearse ¿por qué sucede esto? Existen distintas explicaciones posibles.


Explicación 1: Un diagnóstico prematuro

Un posible motivo que puede explicar el incremento de casos y el posterior arrepentimiento es que en algunos países se ha permitido que este proceso de toma de decisiones se lleve a cabo antes de que los adolescentes alcancen una madurez suficiente y necesaria como para tener claro el cambio que desean realizar.

Recordemos que, en términos neurológicos, este hecho tiene que ver con la maduración de la corteza prefrontal que, según los expertos, no termina de desarrollarse hasta avanzada la veintena. En la actualidad, muchos investigadores confirman que este hecho podría limitar la capacidad de los adolescentes para tomar decisiones importantes respecto a su salud.

Pueden existir, además, factores de tipo psicológico que contaminen este proceso de decisiones. Uno de ellos tiene que ver con la errónea interpretación que los adultos hagan de ciertos comportamientos infantiles. La sexualidad emocional está indiferenciada en la primera infancia. Los infantes pueden jugar, disfrazarse o imitar a sus adultos de referencia, (hombres y mujeres), indistintamente, sin significar esto que se encuentren incómodos con su propia identidad.

Por otro lado, nos encontramos en un momento educativo en el que prevalece la coeducación. Las niñas pueden jugar al fútbol y los niños pueden dibujar con purpurinas o vestirse de princesa, ya que la sociedad ha superado la idea de que los juegos y juguetes infantiles sean exclusivamente para unos u otros. Tener determinados gustos o comportamientos no les hace ser trans. Por ello, es importante mirar los comportamientos de niños con ojos de niños y ser cautelosos a la hora de entender como transgénero ciertos gustos o tendencias que son propios y naturales del desarrollo infantil.

Aunque es posible diferenciar la disforia de género ya en niños muy pequeños, (de hecho, en los casos reales la inconformidad puede aparecer en la más tierna infancia, desde los dos o tres años de edad), parece muy importante afinar el diagnóstico y, principalmente valorar hasta qué punto está generando en el infante un malestar psicológico.


Explicación 2: Un diagnóstico equivocado

Otra posible explicación es que el diagnóstico de disforia en algunos casos sea fallido.

Algunos estudios longitudinales han encontrado que de los adolescentes que manifestaban tendencias transexuales, preguntados tras su madurez, cambiaban de idea entre un 70 y un 80% de los casos. Esta situación puede resultar realmente dramática habiendo iniciado un proceso que no tiene vuelta atrás, hecho que ha suscitado numerosas demandas legales de personas arrepentidas y transformadas.

¿Por qué ocurre esto?

Cuando un adolescente manifiesta su disconformidad con su género, los expertos aconsejan analizar dicho malestar, ya que otras crisis adolescentes y trastornos psicológicos coinciden en este componente. Algunos trastornos del estado de ánimo, del espectro autista, problemas de personalidad o de adaptación, ansiedad, déficit de habilidades sociales, acoso escolar o abusos sexuales también pueden ser causas de ese malestar. Y el sufrimiento psicológico lleva al adolescente a desear un cambio drástico, una ruptura.

Por eso, se debe procurar un estudio profundo por profesionales clínicos que descarte otras explicaciones de la disconformidad. Así, la evaluación debería:

  • Valorar si este malestar procede del deseo o la ilusión de “convertirse en una persona nueva”, dispuesta a superar sus inquietudes y prob