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Familias agradecidas, familias felices

January 4, 2018

 

Ver la vida con los ojos de la abundancia, siendo conscientes de todo lo que tenemos está estrechamente relacionado con la felicidad. Por eso, cuando nos paramos a valorar lo que la vida nos ha regalado estamos cableando nuestro cerebro para ser felices.

 

Párate a pensar por unos minutos el tiempo que pasas al día quejándote de lo que no va bien, de que los niños no te obedecen, del frío o calor que hace, de los atascos de la mañana o del ruido que hacen los vecinos. Mucho ¿verdad?

 

Piensa ahora en el tiempo que dedicas al día a dar gracias por el agua potable que sale de tu grifo, por saber leer para comprender estas palabras, por tener un techo bajo el que dormir, por poder poner algo de comida en la mesa. Quizás pienses que estás cosas son muy básicas, que casi todo el mundo puede disfrutar de estas pequeñas comodidades. Pero la realidad es que hay millones de personas en el mundo que tienen que recorrer kilómetros para tener agua o que pasan días enteros sin llevarse nada a la boca. Y no tenemos que irnos al “Tercer Mundo”, a tu alrededor, en tu ciudad e incluso en tu barrio, puede que haya personas que te envidien por haber tenido la suerte de formar una familia, porque pareces más sano que enfermo o por poder poner la calefacción en invierno.

 

Tienes la oportunidad de abandonar la rutina de las quejas para sustituirla por las de la gratitud.

 

Te damos ideas de cómo hacerlo de forma sencilla para que tanto tú como tus hijos podáis disfrutar mucho más de todo lo que tenéis.

 

Escribe una carta de agradecimiento.

 

Piensa en alguien al que le estés agradecido. A continuación escribe una carta en la que le expliques qué fue lo que hizo y cómo eso influyó y/o influye positivamente en tu vida. No seas parco en palabras y expresa no solo los hechos sino las emociones que generó en ti.

Una vez escrita, reúnete con esa persona sin decirle el motivo de vuestro encuentro y sorpréndele leyéndole la carta. Después de hacerlo, regálale tu carta.

Si no tienes posibilidad de ver a esa persona puedes hacerlo por vídeo conferencia o por teléfono. Y recuerda que puedes escribir tantas cartas como personas significativas haya en tu vida.

Con este ejercicio estarás expresando tu gratitud, generarás muchas emociones positivas en ti y en el otro y además se fortalecerá vuestra relación.

Es un estupendo regalo que podéis hacer en cumpleaños, aniversarios… y que no dejará indiferente a nadie.

 

El muro de la gratitud.

 

Busca una superficie de tu casa (el frigorífico, una puerta…) que sirva como muro y haced entre todos un letrero que ponga “El Muro de la Gratitud”. Cada miembro de la familia deberá anotar y pegar en el muro, al menos una vez a la semana, algo por lo que se haya sentido agradecido. Cada nota debe llevar el nombre de la persona que lo escribe. Al final de la semana se puede hacer un repaso de las cosas plasmadas en el muro y hablar un poco sobre ellas.

Este ejercicio es una ocasión maravillosa para hacer de modelo. Es probable que tus hijos se queden sin ideas rápido porque no suelen valorar los pequeños regalos de la vida. Este puede ser un buen momento para ayudarles a centrar la atención en esas cosas a través de tus notas. Por ejemplo: “doy gracias por las ricas tostadas del desayuno”, “doy gracias por tener el apoyo de mi familia”, “doy gracias por poder salir a disfrutar de un día en el campo”…

 

La lluvia de la gratitud

 

Coge papel y lápiz y a modo de “lluvia de ideas” escribe todas las cosas que se te ocurran por las que te sientas agradecido. No valores ahora sin son simplezas o “poca cosa”. Una vez que hayas terminado, ve reflexionando sobre cada una de ellas y observa lo que aparece en tu interior. Guarda tu carta y cada vez que estés de bajón léela. ¡Te sorprenderá el efecto antidepresivo que tiene!

Con este ejercicio tan sencillo dejamos que salga casi de forma espontánea aquellas pequeñas y grandes cosas que son importantes para nosotros. Nos permite desconectar de las quejas y lamentos para centrarnos en algo constructivo.

 

Antes de dormir, di tres veces gracias.

 

Busca una libreta que sirva como diario y antes de dormir reflexiona unos minutos sobre tres cosas que te salieran bien a lo largo del día. Te recomendamos hacerlo al menos durante una semana para beneficiarte de su “efecto antidepresivo”.

Escribe un titular para ese hecho, por ejemplo: “Mi padre me ha ayudado con los deberes de Historia”. A continuación describe exactamente cómo ocurrió, vuestros comportamientos, qué pensaste, cómo te sentiste, por qué crees que pasó así… Cuantos más detalles mejor. Duérmete pensando en esas cosas y tendrás, muy probablemente, unos dulces sueños.

 

*Si tus hijos son pequeños, puedes adaptarlo pidiéndole simplemente que intenten recordar algo bueno que les pasó durante el día. Para hacerlo más enriquecedor, charlad un poco sobre lo que te ha comentado y comparte con él tus tres cosas positivas.

 

Este ejercicio es una válvula de escape de nuestras quejas. Nos ayuda a no dar por sentado ciertos privilegios que en su mayoría, son un regalo caído del cielo. Hacer de este ejercicio un hábito, nos permitirá ver la vida con mayor objetividad al mismo tiempo que nos proporcionará un refugio en los días difíciles.

 

La ronda de la gratitud.

 

Seguramente haya algún día a la semana en el que todos os sentéis a comer o cenar en familia así que podéis aprovechar ese momento para fomentar la gratitud. Cada uno deberá decir al resto porqué se siente agradecido de forma particular con el otro. Por ejemplo; Mamá: “Le doy gracias a Papá por cuidarme mientras estaba con gripe, me he sentido muy acompañada y querida”, “Le doy gracias a Lucas por obedecerme a la primera, me he sentido muy orgullosa y respetada”, “Le doy gracias a María por contarme su problemas, me he sentido muy unida a ella y útil”… Si se desea, se pueden comentar en profundidad algunas de las cosas mencionadas.

 

Con este ejercicio se pretende reconocer y fomentar comportamientos positivos dentro de la familia. Enterrar el hacha de guerra que a veces se instala en la rutina familiar para dar paso a otro tipo de interacciones mucho más gratificantes y enriquecedoras.

 

 

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