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Cuento para reflexionar: Las arrugas - Pablo Sacristán



Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes. - Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas. El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara. - ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas - Ya lo sé Bárbara. Es que soy un poco viejo... Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí. A Bárbara se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños... Desde aquel día, a Bárbara su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que, en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña: - ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí? Bárbara se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo

- Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque.... ¡te quiero!



Un fantástico cuento con el que, pararse a pensar y reflexionar sobre el valor de la vejez.

Para muchos niños, sus abuelos o las personas mayores de las que se rodean son esas figuras familiares que no corren o no juegan con la vitalidad que a ellos les gustaría.

Sin embargo, estas personas mayores tienen muchas arrugas y al final, ¿qué son esas arrugas? Historias que contar y compartir.


El papel de un abuelo, o persona de la tercera edad, en la vida de un niño puede brindar multitud de beneficios para ambos: Una buena conversación, contar historias vividas que harán despertar la curiosidad de los más pequeños, hablar de las costumbres y orígenes familiares, esto ayudará a los mayores a ejercitar la memoria, la mutua compañía, la infinidad de consejos… Fomentar esta relación puede ser muy enriquecedor.


No sólo es importante que los más pequeños aprendan a valorar la vejez, que les inculquemos el respeto hacia los mayores, que entiendan lo que significa ser adulto y anciano, con las dificultades y alegrías que supone llegar hasta esa edad. También es importante que, las personas que han superado la adultez y están en la tercera edad, sientan mucho orgullo por los años vividos.


Cada uno tenemos una historia, pero llegar a ser anciano es un viaje muy largo por el que sentirse orgulloso.

Contrariamente a lo que muchos puedan pensar no hay motivo de vergüenza cuando sale una nueva cana, cuando en lugar de pecas nos salen manchas o cuando las arrugas bañan nuestra expresión. Todos esos signos de la vejez nos han ayudado a valorar algo y no son más que cada uno de los aprendizajes de nuestra propia vida. Interiorizar este concepto nos ayudará a nosotros mismos y en las relaciones con las generaciones posteriores, las que, a su vez, un día se convertirán en mayores.


Todos debemos concienciarnos sobre el valor de la vejez, apoyar a nuestros mayores y educar en estos principios a los más pequeños.

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