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Cómo combatir el estrés en la crianza y educación de los hijos

Acerca del estrés en la crianza, un problema frecuente

Es sabido que el estrés en la vida cotidiana afecta a la salud, aunque pocas veces nos hemos parado a pensar hasta qué punto la familia y el esfuerzo de los padres en la crianza puede incrementar esa sensación de estrés, y por lo tanto repercutir negativamente en nuestro día a día. Este estado de cansancio mental no surge exclusivamente por cuestiones laborales, sociales, económicas… También el hogar puede hacer sentirnos estresados.


Formar una familia es una empresa maravillosa. Los hijos son una bendición, pero a veces nuestros esfuerzos en su educación y cuidados suponen una importante fuente de preocupaciones. En la crianza responsable hay inquietud y deseo de hacer las cosas bien. A eso, a veces le añadimos, jornadas interminables y problemas inesperados, que normalmente procuramos ir salvando con esfuerzo. Si sentimos que no somos capaces de responder a todo ello como nos gustaría y nos frustramos, podemos empezar a dejar de disfrutar de los hijos. Algunas familias entran en “piloto automático”: estos padres, en modo supervivencia, intentan resolver los problemas según van surgiendo, experimentando con ansiedad todas las demandas de la crianza.

Lejos de lo que pueda parecer, tener estrés no está tan mal. Se trata de una reacción natural de nuestro cerebro que nos prepara y dispone en mejores condiciones físicas y mentales para hacer frente a los pequeños desafíos del día a día.

Una pequeña dosis de estrés supone un mecanismo muy útil para enfrentarse a las dificultades. En este sentido, se puede decir que hay cierto estrés positivo que nos ayuda a hacer frente a los problemas y nos puede ayudar.


Sin embargo, nuestro problema comienza cuando esas reacciones de alerta son muy frecuentes o se alargan en el tiempo. Pese a ser muy útil en pequeñas dosis, el estrés que se mantiene en el tiempo o que se presenta con gran intensidad puede tener consecuencias no deseadas para nuestra salud física y mental y la de nuestros hijos.


La espiral del estrés

Resulta paradójico. Somos conscientes de que educar desde la calma es más satisfactorio. Pero, en ocasiones, cuanto más intentamos educar adecuadamente, cuanto más intentamos cuidar, más aumenta nuestro estrés por hacerlo lo mejor posible. La ansiedad en grandes dosis, lejos de suponer una motivación, puede dificultar la crianza.

Cuando educamos desde el estrés, sin darnos cuenta, podemos llegar a desatender la educación en valores de nuestros hijos, teniendo la sensación de ir apagando fuegos según van surgiendo, de ir aplazando el disfrute y las ocasiones importantes. Esto genera en padres y madres ocupados mucha frustración, ya que les hace sentir que están educando sin propósito.


¿Por qué sucede esto?

Los padres son los encargados de proteger y cuidar a los más pequeños, resolver sus problemas y garantizar su tranquilidad e integridad. Pero, a veces, sus circunstancias y su esfuerzo por convertir el proceso de crianza en el mejor proceso posible, hace que sean los mismos progenitores los principales portadores de estrés. De este modo, nos encontramos padres estresados que estresan a sus hijos e hijos estresados que provocan situaciones difíciles que estresan aún más a sus progenitores. Y así sucesivamente.


¿Cómo podemos evitarlo?

El sentido de esta guía es comprender qué es lo que dispara nuestros niveles de estrés parental y, principalmente, aportar algunas recomendaciones para que las familias estresadas puedan regularse, mejorando la calidad de vida y desarrollo de todos los componentes de la familia.


¿Qué influye en el estrés parental?

La crianza en general es una tarea difícil e importante, que requiere un gran esfuerzo e implicación emocional. Por ello, es natural que nos resulte complejo gestionar de forma adecuada todas sus demandas. Tras revisar los estudios e investigaciones sobre el estrés familiar, hemos descubierto algunos factores que pueden dispararlo.

- El estrés de la vida cotidiana que tengan los padres, (en su trabajo, con la familia extensa, con la economía…) - La sensación de tener pocas habilidades o estrategias como padres y educadores… - La impresión de tener recursos insuficientes o limitados para atender a los hijos. - El deseo de los padres de querer atender a los hijos lo mejor posible, encontrándose limitados por falta de tiempo o recursos. - Tener horarios que nos condicionen o que sean incompatibles entre sí o con la crianza de los hijos. - Los desacuerdos de pareja respecto a la crianza. Las diferencias de opinión sobre cómo educar pueden tensar el ambiente familiar. - La presencia de más contratiempos de lo habitual en la crianza, (hijos muy demandantes o dependientes, hijos enfermos, problemas de aprendizaje, familias numerosas…) - La sensación (real o no) de tener poco apoyo por parte de la pareja, del otro progenitor (en caso de padres separados), de la familia extensa…


El precio del estrés

Últimamente se ha relacionado el estrés parental con los estilos de crianza inadecuados y con problemas de conducta infantil. Se sabe que el estrés parental, reduce las muestras de cariño, mina nuestra paciencia y nos predispone a métodos estrictos y autoritarios de disciplina, así como a “métodos rápidos” para resolver conflictos, como el uso de la violencia. ¿Esto puede afectar al desarrollo psicológico de nuestros hijos?

Efectivamente sí. Algunos psicólogos han analizado que el estrés familiar tiene consecuencias no deseadas:

- Como otros tipos de estrés, el estrés en la crianza tiene graves consecuencias para la salud parental e infantil a largo plazo.

- El estrés en los progenitores da lugar a patrones educativos y estilos de crianza más ausentes, (los padres más ocupados tienen menor tiempo de dedicación a los hijos, abandonando incluso algunas responsabilidades) o pueden aparecer estilos más agresivos, (perdemos los nervios con más facilidad).

- Puede provocar que nuestra comunicación con los hijos sea más agresiva y, sin darnos cuenta, ejercer de modelo para que ellos mismos se comuniquen igualmente de forma inadecuada.

- Limita el tiempo de calidad que pasamos con ellos, ya que sentimos que estamos saturados y, por lo tanto, menos preparados para disfrutarles desde la tranquilidad.