La historia de dos corazones inquietos: el origen de 4FATE
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Beltrán y Tristán con Fátima una de las niñas que viven en el centro de Discapacidad 4FATE.
En el verano de 2023, Tristán Sartorius y Beltrán Tornos, junto a un grupo de amigos —todos estudiantes universitarios de apenas 21 años— decidieron dedicar parte de sus vacaciones a colaborar como voluntarios en un proyecto educativo para niños sin recursos en Ukunda, una localidad situada en la costa de Kenia.
Viajaron con ilusión, con ganas de ayudar y con la voluntad sincera de aportar su tiempo, su energía y sus propios recursos. Como muchos jóvenes que se acercan por primera vez a una experiencia de cooperación internacional, partieron con la esperanza de ser útiles y de poner su granito de arena en una realidad muy distinta a la suya.
Sin embargo, la primera impresión fue decepcionante. La organización que había gestionado el voluntariado apenas les asignaba dos o tres horas diarias de actividad con los niños. El resto del día quedaba vacío. No querían limitarse a estar ocupados unas horas ni vivir aquella experiencia como una simple estancia de verano. Querían ayudar de verdad.
Pronto comenzaron a observar con más atención lo que ocurría a su alrededor. Una de las primeras cosas que les llamó la atención fue la pasión de los niños por el deporte, especialmente por el fútbol. En cada descanso, salían corriendo al patio del colegio para jugar. Sin embargo, el campo estaba en condiciones muy precarias: lleno de raíces, piedras, desniveles y con porterías improvisadas hechas con neumáticos viejos. Aquel espacio, que debía ser un lugar de juego, encuentro y alegría, era también un lugar inseguro.
La primera idea fue sencilla: recaudar algo de dinero para reformar aquel campo y convertirlo en un espacio digno y seguro donde los niños pudieran jugar. Pensaron que con unos 800 euros sería suficiente para hacer una pequeña mejora. Abrieron una campaña de GoFundMe y la compartieron entre familiares, amigos y conocidos.
Pero la respuesta superó todas sus expectativas. En apenas tres semanas, habían recaudado cerca de 60.000 euros.
Aquello fue el punto de inflexión o el inicio de un milagro. Lo que había comenzado como una experiencia de voluntariado durante unas vacaciones de verano se convirtió en el germen de un proyecto mucho más ambicioso.
Con la responsabilidad de gestionar una cantidad de dinero tan importante, Tristán y Beltrán entendieron que ya no se trataba simplemente de reformar un campo de fútbol —que también se reformó y que hoy sigue siendo un magnífico espacio donde juegan los niños de la escuela—.Tenían entre manos una oportunidad real de generar un impacto duradero. Querían asegurarse de que cada euro llegara, como ellos mismos decían, “a los más necesitados de los más necesitados”.

Fue entonces cuando tomaron una decisión que marcaría el inicio de todo: en lugar de entregar el dinero a una organización local sin conocer bien el destino final de los fondos, cambiaron sus billetes de vuelta y decidieron quedarse más tiempo en Ukunda. Querían entender mejor la realidad de la comunidad, conocer sus necesidades de primera mano y encontrar una forma de ayudar que fuera verdaderamente transformadora, directa y sin intermediarios.
Durante esos días, entraron en contacto con una mujer que cambiaría para siempre el rumbo de su proyecto: Mama Gladys.
Mama Gladys es una figura profundamente respetada en la comunidad local. Durante más de treinta años ha dedicado su vida a cuidar y acompañar a los niños más vulnerables de la zona, ofreciéndoles apoyo, atención médica, ayuda económica, educación y, sobre todo, amor y un hogar. En su propia casa acoge a 25 niños huérfanos, a quienes cuida como si fueran suyos. Todo lo que tiene lo pone al servicio de los demás.

Conocer a Mama Gladys permitió a Tristán y Beltrán acercarse a una realidad mucho más dura, invisible y urgente: la de los niños con grandes discapacidades.
En muchas zonas rurales de Kenia, las condiciones sanitarias siguen siendo muy deficientes. Muchos partos se producen en contextos de gran precariedad, sin asistencia médica adecuada y en entornos marcados por la pobreza extrema. En algunos casos, las discapacidades severas, como la parálisis cerebral u otras afecciones graves, continúan estando rodeadas de estigma, superstición y rechazo social.
Los niños que nacen con estas discapacidades se enfrentan desde el primer día a enormes dificultades. Muchos no reciben atención médica, ni terapias, ni alimentación adecuada ni cuidados especializados. Algunas familias, por falta de recursos o por presión social, no saben cómo afrontar la situación. En otros casos, son las madres quienes cargan solas con toda la responsabilidad, después de ser abandonadas por sus parejas o rechazadas por sus propias familias.

La vida de estas madres se convierte entonces en una lucha diaria. No pueden trabajar porque no tienen con quién dejar a sus hijos. No pueden acceder fácilmente a tratamientos médicos, porque no cuentan con recursos económicos. No cuentan con espacios seguros ni con apoyo suficiente. Y, al mismo tiempo, viven bajo el peso del aislamiento, la pobreza y el estigma.
Esta fue la realidad con la que se encontraron Tristán y Beltrán. Una realidad dura, incómoda y profundamente conmovedora. Una realidad que no podían ignorar.
Aquel encuentro abrió una brecha en sus corazones inquietos. Lo que vieron les removió por dentro. Comprendieron que el dinero recaudado debía destinarse a quienes estaban completamente fuera del sistema: a aquellos niños y madres que nadie veía, que nadie escuchaba y que apenas tenían oportunidades de supervivencia.
Así surgió la idea de comprar un terreno para construir un centro en el que acoger a las madres y a los niños con discapacidad, darles un hogar, alimentación, tratamientos médicos y seguridad; en definitiva, un lugar donde pudieran tener un presente digno. El objetivo no era únicamente ofrecer un espacio seguro donde vivir, sino crear un entorno que favoreciera el cuidado, la autonomía y la generación de oportunidades.
En apenas quince días compraron el terreno para el futuro centro.

Ahora tocaba volver a España. Su viaje de voluntariado había dejado de ser una ayuda puntual durante unos meses de verano para convertirse en una misión de vida. Pero quedaba lo más difícil: construir el centro y encontrar la financiación necesaria para terminarlo.
Tristán, que en aquel momento era estudiante de arquitectura, diseñó el centro antes de volver a España, con el objetivo de dejar preparados los planos iniciales y contratar a un constructor para comenzar las obras cuanto antes.
Nada más llegar a España, y gracias a que Beltrán estudiaba derecho fundaron en muy poco tiempo la ONG 4FATE. Su origen no fue una gran planificación estratégica ni una idea nacida en un despacho. Fue la respuesta de dos amigos ante una realidad que no podía dejar indiferente a nadie. Fue la decisión de quedarse, mirar con los ojos del corazón y actuar. Fue el comienzo de una historia marcada por la amistad, la responsabilidad y el compromiso con quienes más lo necesitan.
Durante el invierno de 2023, las obras avanzaron considerablemente. Mientras tanto, desde España, Tristán y Beltrán dieron a conocer el proyecto para seguir consiguiendo fondos.


Las obras del centro de discapacidad.
En el verano de 2024 organizaron el primer voluntariado de 4FATE como ONG, llevando a Ukunda a 50 voluntarios, entre ellos más de 20 estudiantes de medicina y enfermería. Durante un mes, los voluntarios se dividieron en distintos grupos: unos colaboraron en las labores de construcción del centro; otros acompañaron a las futuras madres y niños que iban a ocuparlo; y los estudiantes de medicina y enfermería participaron en un campamento médico que atendió aquel verano a más de 1.000 personas.



En octubre de 2024, el centro quedó definitivamente terminado y las familias pudieron instalarse.

En enero de 2025 recibieron el Premio de la Fundación Mutua Madrileña al Voluntariado Universitario, en reconocimiento a la labor que realiza 4FATE.

Durante el verano de 2025, el voluntariado se repitió, esta vez trabajando ya directamente en el centro con las familias y los 14 niños ya instalados. La mayoría sufren parálisis cerebral severa, lo que les hace absolutamente dependientes, también hay niños con autismo severo y un niño con síndrome de down.
El centro cuenta actualmente con 14 habitaciones con cuarto de baño, una sala de fisioterapia en la que reciben tratamiento todos los niños, una escuela adaptada donde reciben atención escolar específica cada día, una sala común, una cocina independiente en la que un cocinero prepara los menús diariamente, un huerto y un tanque de agua potable. Además, dispone de seguridad las 24 horas.


Cada niño tiene su propia historia y unas necesidades específicas, por lo que cada caso se atiende de forma personalizada, ofreciendo, sobre todo, amor y dignidad. Pero quienes hemos estado en el centro de discapacidad sabemos que allí no solo se atiende el dolor: también se respira una profunda alegría.



Los niños acompañados de sus madres en el centro de discapacidad
No existe en la zona ningún centro para la discapacidad que atienda este tipo de situaciones. Por eso es tan importante dar visibilidad a este proyecto, que logra que estos niños reciban: dignidad, seguridad, alimentación, atención médica, estimulación y fisioterapia, y cuenta con la única escuela de la región que está adaptada a la discapacidad cognitiva. En definitiva, y quizás el mayor valor del centro, es darles una vida en comunidad, que acabe con el aislamiento y el estigma que rodea a la discapacidad.
Este verano volverán a viajar a Ukunda 70 voluntarios para atender directamente a los niños del centro y a sus madres. Además, colaborarán en las labores de construcción de una nueva edificación para la ampliación del centro y en la organización de un nuevo campamento médico.
Tristán y Beltrán ya terminaron sus carreras universitarias y ejercen sus respectivas profesiones, pero siguen involucrados en el día a día del Centro de Discapacidad de 4FATE. Viajan con frecuencia a Kenia para supervisar el centro, acompañar a las familias y asegurar que el proyecto siga creciendo con el mismo espíritu con el que nació.
Hoy, el centro se mantiene gracias a las aportaciones de donantes, a los eventos benéficos y a la asociación de personas que colaboran con una cuota mensual. Cada ayuda permite sostener un proyecto que comenzó con un campo de fútbol y que terminó convirtiéndose en un hogar, una oportunidad y una esperanza para niños y madres que antes eran invisibles.
Además se están consolidando otras actuaciones para que las madres puedan generar recursos propios, con la formación en talleres artesanales y textiles, ahora que tienen asegurado un presente seguro y digno.
Para terminar, hay que resaltar que todo lo que se recauda en 4FATE es ayuda directa, sin intermediarios, todo lo que se recibe va a las necesidades del centro, y como ONG tienen una obligación y un compromiso ético de transparencia, presentando las cuentas anuales y cumpliendo con los principios de buen gobierno.
“Esto es tan solo una gota en el mar, pero el mar no sería mar, si le faltara esta gota.” Madre Teresa de Calcuta








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