¿Cómo puede una niña de 12 años disfrutar humillando a otra? Lo que este caso nos enseña sobre la educación en valores
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Recientemente hemos podido leer en los medios de comunicación la siguiente noticia:
“El municipio onubense de Moguer (24.000 habitantes) sigue consternado tras la difusión de las imágenes de la paliza que un grupo de cuatro chicas –de edades comprendidas, según diferentes testimonios, entre los 12 y los 14 años–a otra adolescente. La agresión fue grabada por alguien presente en el lugar de los hechos y difundida en grupos de mensajería y redes sociales, provocando la indignación de miles de usuarios.
Esta noticia es especialmente dolorosa porque no muestra únicamente una pelea entre niñas. Lo que reflejan los vídeos, según las informaciones publicadas, es una agresión grupal con humillación, risas, grabación y posterior difusión en redes, lo que la convierte en un caso mucho más grave que un simple conflicto infantil. Un caso más de bullying, que encontramos con mucha frecuencia entre nuestros menores y en el medio escolar.
¿Cuál es la raíz de esto?. No existe una única explicación. Estos comportamientos suelen ser el resultado de varios factores que coinciden al mismo tiempo.
¿Qué valores parecen faltar?
Lo que más impresiona del vídeo no es solo la violencia, sino la ausencia de varios pilares morales fundamentales:
Empatía: son incapaces de ponerse en el lugar de la víctima.
Compasión: el sufrimiento de la otra no las frena.
Respeto por la dignidad humana: la víctima deja de ser una persona para convertirse en un objeto de burla.
Responsabilidad personal: el grupo diluye la conciencia individual.
Fortaleza moral: ninguna parece decir "esto está mal, me voy".
Cuando una menor dice: "Estoy orgullosa de ti" por haber participado en una pelea, lo preocupante es que la violencia se convierte en un motivo de prestigio dentro del grupo, no en algo vergonzoso.
¿Cuántas de las películas y series que ven nuestros menores muestran este tipo de violencia, que se normaliza y sirve de modelo? ¿Estamos haciendo algo como padres y educadores para evitarlo?
¿Qué errores educativos pueden estar detrás?
Sería injusto afirmar que estos hechos significan necesariamente que los padres hayan educado mal. Hay excelentes familias cuyos hijos toman malas decisiones. Sin embargo, sí conocemos algunos factores educativos que se dan en nuestra sociedad y que aumentan el riesgo:
Educar más en autoestima que en responsabilidad.
Durante años se ha insistido mucho en que los niños se sientan bien consigo mismos, pero menos en enseñarles responsabilidad sobre sus actos.
Escasa tolerancia a la frustración.
Muchos niños apenas experimentan consecuencias naturales de sus conductas.
Poca educación emocional.
No basta con identificar emociones; hay que aprender a controlar impulsos y gestionar la ira.
Normalización de la agresividad.
Si en casa, en redes o en determinados contenidos se transmite que "el que se deja pisar pierde", algunos menores interiorizan que responder con violencia es aceptable.
Poco entrenamiento moral.
Hablar de honestidad, compasión, valentía o justicia no debería parecer antiguo. Los valores necesitan enseñarse explícitamente.
Exposición frecuente y generalización de la violencia.
¿Es sólo culpa de los padres?
Pensamos que no.
La madre entrevistada afirma que nunca imaginó que su hija hiciera algo así, pidió perdón a la familia de la víctima y la castigó retirándole el móvil y las salidas. También asegura que está sufriendo amenazas y acoso. Si su relato es fiel a lo ocurrido, parece una madre desbordada por una conducta que no esperaba.
Esto recuerda una realidad conocida en psicología:
Los padres educan, pero no controlan completamente las decisiones de un hijo de 12 o 13 años.
El enorme poder del grupo
Aquí aparece uno de los fenómenos más estudiados en psicología social.
Cuando un adolescente entra en un grupo:
disminuye el sentido de responsabilidad individual;
aumenta la necesidad de aceptación;
el miedo a quedar excluido puede ser más fuerte que el criterio moral.
Muchas personas hacen en grupo cosas que jamás harían estando solas.
¿Qué papel tienen las redes sociales?
Enorme.
Hace veinte años una pelea terminaba cuando acababa la pelea.
Hoy:
alguien la graba;
otros la animan;
después se difunde;
llegan los "me gusta";
la humillación se multiplica miles de veces.
La grabación transforma una agresión en un espectáculo.
También debemos cuidar a las familias
Hay otro aspecto que nos preocupa.
Es lógico que la sociedad condene los hechos.
Pero si la madre realmente está recibiendo amenazas o incluso ha sufrido una agresión, eso tampoco es aceptable. La violencia contra la familia no repara el daño causado a la víctima y solo añade nuevas víctimas al problema. La responsabilidad debe exigirse dentro del marco legal y educativo.

¿Qué nos está diciendo esta noticia como sociedad?
Creemos que refleja una necesidad urgente de recuperar una educación integral.
No basta con enseñar matemáticas o idiomas. Los niños necesitan aprender, desde pequeños:
que toda persona tiene una dignidad inviolable;
que la fuerza nunca da la razón;
que el verdadero valor consiste en defender al débil, no en unirse al fuerte;
que el coraje moral es decir "no" cuando todos dicen "sí";
que pedir perdón y reparar el daño forma parte de crecer.
Estos valores no se adquieren espontáneamente. Se aprenden viéndolos vivir en los adultos, practicándolos en casa y reforzándolos en la escuela. La prevención del acoso escolar no depende solo de protocolos; depende, sobre todo, de educar en valores y formar el carácter.
Algunas palabras sobre el efecto de la violencia, que observan diariamente nuestros hijos a través de películas, videojuegos y noticias.
La violencia en películas, series y videojuegos influye en que el niño elija la violencia como forma de afrontar sus dificultades, y todavía más cuando se combina con otros factores.
¿Veamos qué dicen las investigaciones?
La mayoría de los estudios coinciden en varios efectos que aparecen especialmente cuando la exposición a la violencia es frecuente, comienza a edades tempranas y no existe supervisión adulta.
Disminuye la sensibilidad ante el sufrimiento
Es quizá el efecto mejor demostrado.
Cuando un niño contempla miles de escenas violentas, el cerebro se acostumbra. Lo que antes producía rechazo empieza a parecer normal.
Poco a poco disminuyen:
la reacción emocional ante el dolor ajeno.
A esto los psicólogos lo llamamos desensibilización o habituación.
Por eso algunas personas pueden grabar una agresión con el móvil en lugar de ayudar a la víctima.
Hace creer que la violencia es una forma normal de resolver conflictos
Muchos protagonistas:
insultan,
golpean,
disparan,
se vengan,
y al final son admirados.
El mensaje implícito puede ser:
"Si alguien te molesta, responde con más fuerza."
Los niños aprenden muchísimo por imitación, como explicó Albert Bandura en sus investigaciones sobre aprendizaje social.
Reduce la empatía
Cuando el protagonista elimina a cientos de personas sin consecuencias emocionales, el cerebro deja de pensar en esas víctimas como personas.
Es más fácil cosificar al otro. Y cuando el otro deja de ser una persona...resulta más sencillo humillarlo.
Aumenta la agresividad inmediata
Muchos experimentos muestran que, justo después de jugar a videojuegos violentos, algunos jóvenes presentan:
mayor irritabilidad,
respuestas más hostiles,
mayor tendencia a interpretar las acciones ajenas como provocaciones.
Este efecto suele ser temporal, pero si la exposición es constante puede reforzar ciertos patrones.
Disminuye la capacidad de autocontrol
Muchos videojuegos premian:
actuar deprisa,
responder impulsivamente,
eliminar al adversario.
La vida real exige justo lo contrario:
esperar,
reflexionar,
negociar,
controlar la ira.
Se banaliza el mal
Éste nos preocupa especialmente.
Cuando matar, pegar o humillar se convierte en entretenimiento...la violencia pierde gravedad moral. Se transforma en espectáculo.
Es significativo que muchos adolescentes hablen de peleas como si fueran partidos de fútbol.
Puede aumentar el acoso escolar
Además de porque el videojuego "enseña a pegar", porque puede reforzar ideas como:
dominar da prestigio;
el fuerte manda;
el débil merece perder;
la humillación resulta divertida.
Son exactamente las ideas que aparecen detrás del bullying.
¿Entonces hay que prohibirlos?
Lo dejamos a tu criterio.
La investigación también dice que el contexto familiar cambia muchísimo el efecto que tienen sobre los niños y jóvenes.
Un mismo videojuego puede tener consecuencias muy distintas según:
la personalidad del menor;
su edad;
su nivel de empatía;
si los padres hablan con él;
si existen límites;
cuánto tiempo juega;
qué otros modelos tiene alrededor.
Los padres siguen siendo el factor protector más importante.
¿Por qué algunos jóvenes no se ven afectados?
Porque poseen numerosos factores de protección:
familia estable;
apego seguro;
buena autoestima;
autocontrol;
educación moral;
amistades positivas;
deporte;
voluntariado;
participación social.
Estos factores amortiguan mucho la influencia de los contenidos violentos.
Lo realmente preocupante hoy
Hace treinta años los niños veían violencia, pero en mucha menor medida.
Hoy pueden:
verla,
protagonizarla virtualmente,
grabarla,
compartirla,
recibir aplausos por hacerlo.
La tecnología ha añadido un elemento nuevo: la recompensa social inmediata (likes, comentarios, popularidad), que puede reforzar conductas que antes quedaban limitadas al momento.
¿Qué podemos hacer los padres?
Elegir lo que queremos que vean nuestros hijos. Campañas antiviolencia. Fomento de películas con valores
Algunas recomendaciones son:
Retrasar el acceso a contenidos violentos según la madurez del menor.
Conocer los videojuegos, series y películas que consume.
Ver algunos contenidos juntos y comentarlos.
Preguntar: "¿Qué habrías hecho tú?"
Hablar del sufrimiento de las víctimas, no solo de los protagonistas.
Enseñar que la verdadera valentía consiste en proteger al débil.
Favorecer actividades que desarrollen la empatía: deporte en equipo, música, teatro, voluntariado o convivencia con personas de distintas edades.
Dar ejemplo de resolución pacífica de los conflictos en casa.
Una reflexión final
Creemos que el problema no es solo la cantidad de violencia que consumen nuestros jóvenes, sino el tipo de relato que la acompaña.
Una película puede mostrar violencia para denunciarla, hacer reflexionar o resaltar el valor del sacrificio y la justicia.
Otra puede presentarla como algo emocionante, divertido o digno de admiración.
La diferencia educativa es enorme.
Por eso, debes preguntarte: "¿Cuánta violencia ven tus hijos?", y "¿Qué mensaje reciben sobre esa violencia?".
Un niño puede ver una historia dura y aprender que el odio destruye. Otro puede ver una historia similar y concluir que el más fuerte siempre gana. Ahí es donde la conversación con los adultos resulta insustituible.







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